Despertar

Despertar

Solía ir caminando para ir al taller llevando mi cesto cargado con los husos, los ovillos de lana de colores, las cajitas de agujas y todo aquello con que servía para tejer esas alfombras multicolores que tanto gustaban a los paisanos y a los turistas, sin pensar que pronto comprendería que un día puede parecerse a otro pero que nunca debe ser igual si realmente quieres que tu vida cambie.

No sé cómo fue que al llegar al taller se me vino a la mente esa frase que hacía mucho tiempo, como respuesta a mi primer acto de rebeldía, me había dicho mi madre: “lo único que debemos saber las mujeres es tejer” que probablemente había sido lo que me había hecho aprender ese oficio y a integrar la comunidad de tejedoras. Había mujeres jóvenes, aun solteras o sin hijos… aunque aprendíamos mucho de las mayores, eran muy pocas, aunque dominaban el oficio y tenían mucha sabiduría.

Solía regresar a casa con una de ella Illari, muy alegre, como su nombre, preferíamos tomar el camino del bosque de eucaliptos. Cuando lo íbamos atravesando, el silencio era nuestra compañía. En ese momento me sentía en otro mundo, podía soñar despierta, mientras observaba las cortezas marrones de los árboles, las hojas verdes de los eucaliptos jóvenes, que se movían con el viento y el color azulado de las hojas de los más adultos. Inspirada por el olor fresco y puro, cuyo aroma era casi imposible de olvidar.

Nos dirigimos hacia el río, casi siempre nos sentábamos a contemplar y escuchar el murmullo del río. Ese día el agua corría con mucha fuerza y de pronto comencé a hablar sin parar y contarle a Illarri todas mis inquietudes, fue como si de pronto mi corazón se abriera y se expresara. Ella me dejó terminar de hablar y me dice:

“Warmi al escucharte me ha surgido esta pregunta ¿qué deseas hacer de tu vida?

Cuando la escuché mi corazón se estremeció y moví la cabeza como diciendo no lo sé, se hizo nuevamente un silencio y seguimos contemplando el agua en su recorrido infinito. El sol estaría saliendo en otros lugares o sea que emprendimos el regreso por senderos diferentes. El momento vivido había removido algo dentro de mi que no podía explicármelo.

Esa noche al acostarme, todavía la pregunta retumbaba en mi cabeza persistentemente. Soñé que volaba con un cóndor y que nos elevábamos a alturas inimaginables

Al despertar y recordar mi sueño realicé que probablemente no solamente servía para ser tejedora, esa creencia no era del todo cierta, puedes querer vivir nuevas experiencias y en el fondo, sin que yo fuera consciente de ello lo que yo buscaba era un cambio, no sabía cuál, pero un cambio.

Insinué a mi madre el deseo de partir a la capital y estudiar, así como sus ganas de irme a conocer otros mundos. Mi madre no me entendió y estuvo semanas sin hablarme. A mi padre, ni se lo comenté ya que conocía el NO de su respuesta. Mis pasos siguientes fueron la preparación de la partida, no me importaba comenzar de cero en otros sitios y con el poco dinero que podría ahorrar partiría.

Cuando llegó ese día, dejé la carta encima de la mesa, cogí mi maleta y partí rumbo a la estación.

Mis padres se encontraron con la carta y leyeron:

Queridos mamá y papá:

Siento si les causo dolor con mi partida. Desde que era pequeña, siempre me dijisteis que las mujeres, lo único que sabemos hacer es tejer y que si probaba otra cosa estaba destinada a fracasar.

Respeto vuestra creencia, que probablemente la recibisteis de vuestros padres, siento deciros que no es la mía. He elegido partir y deseo explicaros que esa creencia me limitaba y ahora veo un sinfín de posibilidades que me hacen tomar el camino hacia un nuevo destino.

Os amo,

En el momento en que dudas si puedes volar, no te atreves a emprender el vuelo

Carmen Yates Martínez cyates@carmenyates.com

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